Cristóbal Suárez de Figueroa

1614

El pasajero. Advertencias utilísimas a la vida humana

Édition de Jonathan Bradbury
2016
Source : completar
Ont participé à cette édition électronique : Mercedes Blanco (relecture), Jaime Galbarro (relecture), Marie-Eglantine Lescasse (stylage et édition TEI) et Aude Plagnard (stylage et édition TEI).

9. Establecimiento del texto §

Para nuestra edición crítica hemos cotejado la edición de Madrid (1617) y la de Barcelona (1618). A la primera le damos la sigla M y a la segunda B, para identificar la procedencia de las variantes que señalamos en las notas de la edición crítica (números romanos).

10. Bibliografía §

10.1 Obras citadas o consultadas por el polemista §

Alighieri, Dante:

—, Divina comedia.

Herrera, Fernando de:

Marino, Giovan Battista:

—, Rime di Gio. Battista Marino […] Parte prima, Venecia: Giovan Battista Ciotti, 1602; o Venecia: Giovan Battista Ciotti, 1604.

10.2 Obras citadas por el editor §

10.2.1 Manuscritos §

10.2.2 Impresos anteriores a 1800 §

Quevedo, Francisco de:

—, Discurso de todos los diablos o infierno emendado, Girona: Gaspar Garrich y Juan Simón, 1628.

10.2.3 Impresos posteriores a 1800 §

Ariza, Manuel:

—, «Reflexiones lingüísticas de Suárez de Figueroa en El passagero», Hispanica Posnaniensia, vol. I, p. 7-14.

Bonilla Cerezo, Rafael:

—, «Fortuna y legado del Polifemo: en torno a un soneto de Suárez de Figueroa», Ínsula, vol. 781-782, enero-febrero 2012, p. 34-37.

Carvallo, Luis Alfonso de:

—, Cisne de Apolo, Alberto Porqueras Mayo (ed.), Madrid, CSIC, 1958, vol. I.

Cascales, Francisco:

—, Tablas poéticas, Benito Brancaforte (ed.), Madrid, Espasa-Calpe, 1975.

Cebrián, José:

—, Estudios sobre Juan de la Cueva, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1991.

Domínguez Leal, José Miguel:

—, «Compendio de la poesía macarrónica en España y de su influencia en la literatura española», Calamus renascens: Revista de Humanismo y Tradición Clásica, vol. II, 2001, p. 199-221.

Folengo, Teofilo:

—, Opere di Teofilo Folengo, Carlo Cordié (ed.), Milán, Ricciardi, 1977.
—, Baldus, Emilio Faccioli (ed.), Turín, Einaudi, 1989.

Gracián, Baltasar:

—, Agudeza y arte de ingenio, Ceferino Peralta, Jorge M. Ayala y José María Andreu (eds.), Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004, vol. I.

Gutiérrez Arranz, Lidia:

—, El universo mitológico en las fábulas de Villamediana. Guía de lectura, Kassel, Reichenberger, 2001.

Herrera, Fernando de:

—, Anotaciones a la poesía de Garcilaso, Inoria Pepe y José María Reyes (eds.), Madrid, Cátedra, 2001.

Kluge, Sofie:

López Pinciano, Alonso:

—, Philosophía antigua poética, José Rico Verdú (ed.), Madrid, Turner, 1998.

Micó Juan, José María:

—, De Góngora, Madrid, Biblioteca Nueva, 2001.

Quevedo, Francisco de:

—, Obra poética, José Manuel Blecua (ed.), Madrid, Castalia, 1971, vol. III.
—, Prosa festiva completa, Celsa Carmen García-Valdés (ed.), Madrid, Cátedra, 2007.

Roses Lozano, Joaquín:

—, Una poética de la oscuridad. La recepción crítica de las Soledades en el siglo XVII, Madrid-Londres, Támesis, 1994.

Rozas, Juan Manuel:

—, y Quilis, Antonio, «Epístola de Manuel Ponce al Conde de Villamediana en defensa del léxico culterano», Revista de Filología Española, vol. XLIV, 1961, p. 412-423.

Satorre Grau, María Asunción:

—, Estudio y edición de «La constante Amarilis», de Cristóbal Suárez de Figueroa, Tesis Doctoral dirigida por Francisco López Estrada, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1995, vol. I.

Sobejano, Gonzalo:

—, «“Bernardinas” en textos literarios del Siglo de Oro», en Homenaje a Rodríguez-Moñino: estudios de erudición que le ofrecen sus amigos o discípulos hispanistas norteamericanos, Madrid, Castalia, 1966, II, p. 247-259.

Suárez de Figueroa, Cristóbal:

—, El pasagero. Advertencias utilísimas a la vida humana, Francisco Rodríguez Marín (ed.), Madrid, Renacimiento, 1913.
—, El pasajero. Advertencias utilísimas a la vida humana, Justo García Morales (ed.), Madrid, Aguilar, 1945.
—, El pasajero, María Isabel López Bascuñana (ed.), Barcelona, PPU, 1988, vol. I y II.

Tobar Quintanar, María José:

Valencia, Pedro de:

—, Pedro de Valencia, primer crítico gongorino. Estudio y edición anotada de la «Carta a Góngora en censura de sus poesías», Manuel María Pérez López (ed.), Salamanca, Universidad de Salamanca, 1988.

Vázquez Siruela, Martín:

—, Discurso sobre el estilo de don Luis de Góngora, Saiko Yoshida (ed.), en Francis Cerdan y Marc Vitse (eds.), Autour des Solitudes. En torno a las Soledades de Luis de Góngora, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 1995, p. 89-106.

Texto de la edición §

Fragmento del «Alivio II» §

DOCTOR […] ¿Por ventura tenéis cantidad de poesías hechas a diferentes sujetos, cuando duraba la correspondencia de vuestra dama?

DON LUIS. Sí tengo, y no pocas ni mal trabajadas, aunque las he cobrado notable desamor por ser claras y fáciles, después que llegó a mi noticia ser de ingeniosos oscurecer los conceptos y mezclar por las composiciones palabras desusadas y traídas del latín a nuestro vulgar.

DOCTOR. Vivís engañado en ambas cosas. No deben ser (enseña un docto moderno1) los versos revueltos, ni forzados, mas llanos, abiertos y corrientes, que no hagan dificultad a la inteligencia, si no es por historia o fábula. Con esta claridad suave, con esta limpieza, tersura y elegancia, con la fuerza de sentencias y afectos, se debe juntar la alteza del estilo. Mas, sobre todo, sin la claridad no puede la poesía mostrar su grandeza, porque donde no hay claridad no hay luz de entendimiento, y donde faltan estos dos medios no se puede conocer ni entender cosa. Y el poema que siendo claro tendría grandeza, careciendo de claridad es áspero y difícil2. Con estas palabras, cuanto a la lengua, de bien grave autor, quedarán, a mi ver, convencidos (permita seI impugne esta novedad su primer autor3, si bien lucidísimo ingenio en nuestro vulgar) los que siguen secta contraria, publicando bernardinas4 y haciendo burla de los a cuyas manos llegan5. Sin duda, se levanta en España nueva torre de Babel, pues comienza a reinar tanto la confusión entre los arquitectos y peones de la pluma6. No sirve el hablar de encubrir o poner en tinieblas los conceptos, sino de descubrirlos y declararlos. Merlín CocayoII, donosísimo poeta7, aludiendo en su Macarronea8 a este lenguaje infernal, introduce a un demonio hablando, sin poder ser entendido, desta manera:

Drum Cararontardus, tragaron granbeira detronde9.

El Dante, por el consiguiente, varón doctísimo, hace en su obra que Lucifer, admirado de ver en su región hombre en carne y hueso, exclame diabólicamente:

Pape Satan, Pape Satan, Alepe10.

Mienten, según los presentes dogmas, los preceptos retóricos en excluir de la oración demasiadas metáforas, como opuestas derechamente a la gala natural del decir. Pena es de sentido, como la de las almas11, atormentar con la difícil construcción de los periodos. No se debe cargar un vestido, aunque sea de joyas, que saldrá pesado. Bien hayan los autores antiguos Virgilio, Homero y los demás épicos y líricos, que, con ser tan elegantes, les tocó la dignidad de clarísimos, como a patricios venecianos12.

Falta ahora responder a lo de las palabras desusadas, peregrinas y nuevas13. Las desusadas (prosiguiendo los preceptos del mismo moderno14) desecha por antiguas el común uso de hablar, si bien tal vez redunda en gala ingeniosa el usarlas. Peregrinas son las que se toman de extraño lenguaje, de quien solo será lícito valerse cuando en el natural faltaren vocablos con que poderse exprimir bien los pensamientos del ánimo15. Así se han ido poco a poco convirtiendo en propios muchos meramente latinos, como repulsa, idóneo, lustro, prole, posteridad, astro,16 y otros sin número. Del arábigo hay también muchos, y muchos habrá asimismo del griego, como sabrán sus profesores, en particular nombres propios: Decamerón, Filócopo, Cimón, Dioneo, Pánfilo, Filóstrato, Filomena, Emilia, Neifile, Elisa17, etc. Por manera que es lícito (dice el mismo autor18) a los escritores de una lengua valerse de las voces de otra. Concédeseles usar con libertad prudente las forasteras y admitir las que no se han escrito antes: las nuevas, las nuevamente fingidas, y las figuras del decir, pasándolas de una lengua a otra; que así se da más gracia a lo compuesto, se hace más agradable, más apartado del hablar común, y se deleitan más bien los que leen19. Síguese (va prosiguiendo) que quien hubiere alcanzado con estudio y arte tanto juicio que pueda discernir si la voz es propia y dulce al sonido, o extraña y áspera, puede y tiene licencia para componer vocablos y enriquecer la lengua de palabras limpias, significantes, magníficas, numerosas20. El orador difiere mucho del poeta en el lenguaje, ni tratan unas mismas cosas. La Poesía es abundantísima, sola, sin sujeción, y maravillosamente idónea en el ministerio de la lengua y copia de palabras para explicar conceptos. Las riquezas que posee nunca se acaban ni deshacen; antes con inmensa fertilidad crecen y se renuevan perpetuamente21.

DON LUIS. Consolado me deja respuesta semejante, de quien infiero no haber perdido mis versos alguna cosa por claros y suaves, y que por ningún modo me era lícito afectar oscuridad en ellos. Cuanto a las palabras, de las comunes elijo las más dignas y convenientes para exornación de mis poemas. Procuro sea buena su colocación, inquiriendo con cuidado las que echo menos para la acertada expresión de los conceptos.

DOCTOR. Buen camino es ese: no dejéis de seguirle en las ocasiones, que es lo demás fruslería, yerro y novedad viciosa, digna de ser evitada.

Fragmento del «Alivio VI» §

DON LUIS. He notado en las rimas dichas hasta ahora22que excusáis cuanto podéis mezclar fábulas23 en su contexto, y no puedo saber la ocasión, siendo no menor ornato suyo esta parte que otras de que se componen y hermosean.

DOCTOR. Las fábulas solo se deberían introducir en los versos con título de símiles24, y en esta ocasión han de tener la propiedad y congruencia necesaria. Así las he usado a menudo, sin cargar las composiciones de su muchedumbre25. En nuestros tiempos no solo son admitidas como forasteras, sino como familiares y muy de casa, eligiéndolas no pocas veces por asuntos principales. Tal fue con nombre de Polifemo la de Acis y Galatea, felicísimo parto de don Luis de Góngora, y tal el culto Faetón del Conde de Villamediana26. Bien es verdad que he deseado hacer experiencia sobre ceñir la primera en un soneto, con sus partes integrantes de principio, medio y fin; no sé si habré conseguido el intento27. El soneto tengo en la memoria; oídle, y daréisme vuestro parecer:

No tanto ardor por su rebelde Fedra28,
cuanto por Acis Galatea, espira,
cuando el terror de las montañas mira
hecho muro el garzón, la ninfa yedra.
«Pues más que un fuerte, un flaco amando medra
su ser deshaz, ¡oh fulminante ira!»,
bramó tirando, y mientras brama y tira,
fue, si trueno la voz, rayo la piedra.
Instrumento crüel, golpe inhumano,
que, en medio del morir más dulce, oprime
dos vidas que de amor eran despojos.
Tiembla la amante, y se lamenta en vano,
vueltos, en tanto que suspira y gime,
agua los miembros de él, de ella los ojos.

DON LUIS. Si en esto, respecto de lo poco que sé, puedo opinar, el soneto me parece admirable. No deja cosa por tocar. Narra a lo lacónico, y descubre maravillosamente lo más interior, los afectos, las pasiones. Es singular la distribución del fin en ambos, con que la conclusión viene a ser preciosa.